Después del coltán, el diluvio: sujeción y subversión en Après moi, le déluge Lluïsa Cunillé

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En la obra Après moi, le déluge, Lluïsa Cunillé pone de manifiesto cómo la ideología neoliberal y neocolonial constituye la subjetividad contemporánea. Es significativo el uso de personajes sin nombre, mostrando así una realidad plagada de sujeciones donde raza, género y procedencia condicionan el lugar de cada sujeto en el engranaje del poder.

La ausencia de nombres propios no es casual; refuerza la tesis de Louis Althusser de que «la ideología interpela al individuo como sujeto» (Althusser 1970). Los personajes no existen como individuos libres; son «tipos» sujetos a un contexto. Así, el Hombre (blanco, occidental) está en la cima de la jerarquía; la Intérprete (mujer, blanca, occidental) está subordinada al hombre blanco pero por encima del africano, siendo puente entre ambas realidades; y el Anciano (hombre, negro, africano) es el último escalón, el subalterno. El Hombre personifica la ideología neoliberal, solo preocupada por la eficiencia: «la eficiencia en ganar dinero, claro» (Cunillé, 2007:497).

La Intérprete es presentada como una especie de autómata sin voz propia. Su discriminación de género es doble: por un lado están los micro-gestos de poder del Hombre, como exigirle soltarse el pelo o quitarse las gafas; por otro, la negativa inicial del anciano, al que«hablar por boca de una mujer no le parece honroso» (Cunillé, 2007:497). Vemos aquí un perfecto ejemplo de la paradoja de la sujeción de Judith Butler: la intérprete solo existe como mediadora entre opresor y oprimido, siendo pieza imprescindible (pero subestimada) para mantener este sistema de explotación.

Retomando la idea de la “orientalización de Oriente” de Edward Said, la llevamos ahora al terreno de esta obra. Se puede afirmar también que «Occidente ha africanizado África», elaborando una imagen de atraso cultural (países “sub-desarrollados”) que justifica estas relaciones de poder asimétricas. Así, el Hombre se muestra condescendiente desde el inicio con el chiste del reloj, reafirmando su superioridad. Sin embargo, Cunillé subvierte esta idea cuando nos nos revela que el Anciano entiende perfectamente lo que dice el Hombre blanco sin traducción, rompiendo así con la presuposición del supuesto atraso cultural del congoleño. Así, la etiqueta de «país subdesarrollado» no es más que una herramienta ideológica para construir una mirada de superioridad sobre el “Otro” y justificar su explotación.

El escenario, una habitación de hotel, funciona como la caverna de imágenes de Fredric Jameson: es un «no-lugar» posmoderno que encierra al Hombre en una burbuja, lejos de la realidad del Congo. En este no-lugar, el «diluvio» del título (referencia a la frase pronunciada por el dictador Mobutu tras ser derrocado en 1997) se percibe como un caos lejano. El hotel oculta la corrupción y la violencia, como si no fuesen consecuencia de la explotación de las empresas transnacionales occidentales. No es casual, por tanto, que el Hombre prefiera habitar ese pastiche estético de seguridad privada, pues así cierra los ojos a las consecuencias provocadas por el negocio del coltán.

Otro aspecto interesante en la obra es el tiempo; el recurso más valioso se representa como algo robado a los países explotados. Así, el reloj que el Hombre ofrece, en tono paternalista, al hijo del anciano es una metáfora de la dominación. En ese sentido, el rechazo del anciano funciona como acto de subversión: el congoleño se resiste a ser el «sujeto sujetado» por la caridad y condescendencia de quienes les han robado (y les siguen robando) el futuro. Aquí, la obra de Cunillé ahonda en la crueldad de la situación, explicitando prácticas como el empleo de los niños soldados para mayor lucro de las transnacionales occidentales, sin tener en cuenta su deshumanización y la repercusión en el futuro del país.

Es cierto que el relato del Anciano se revela al final como una invención ficticia. Sin embargo, es totalmente verosímil: podría haber sido así. Así, la obra de Cunillé nos muestra, sin medias tintas, cómo la ambición occidental destruye el tejido social: sin infancia no hay futuro. El anciano presenta a su hijo como alguien totalmente capacitado y servicial, que podría ayudarle con las finanzas, con tareas domésticas o la seguridad: esto nos hace ver cómo miles de vidas inocentes son truncadas por la mentalidad capitalista occidental y su ambición insaciable. Así, la deshumanización es tal que el Hombre solo cambia de opinión sobre el niño cuando el Anciano se lo ofrece como una mercancía útil para su servicio personal; es entonces cuando el Hombre occidental no es capaz de rechazarlo. La ambición de poseer un sirviente las 24 horas a su servicio es superior a su escasa humanidad y raciocinio.

Cuando el Anciano ofrece este «caramelito» al ego del occidental se produce la subversión final. El Hombre, que se cree en la cima, no puede rechazar la idea de sentirse tan poderoso, con la vida de ese “otro” a su completa disposición. Y es justo entonces cuando el Anciano revela su engaño, desenmascarando al sistema capitalista mediante el uso de sus propias armas: el deseo de posesión y la ambición sin límites.

Es decir, en el momento en que el Hombre «se vende» y acepta el trato, el Anciano revela la verdad: que su hijo no está «en ninguna parte; (…) murió hace dieciséis años» (p. 502). La artimaña del congoleño hace añicos la subjetividad del explotador. Al revelarse la mentira, el Hombre pierde el control; ya no parece tan a salvo de la realidad en su hotel-burbuja. La ambición del Hombre ha terminado por subvertir las posiciones en la jerarquía, siendo ahora el Anciano (anterior escalón más bajo) quien tiene el poder (al menos por un instante), teniendo algo (o revelando que no lo tiene) que el Hombre blanco desea con todas sus fuerzas y que ahora sabe que no podrá tener.

En conclusión, Après moi, le déluge demuestra que las personas en el sistema neocolonial somos sujetos «atados» a etiquetas de poder. Sin embargo, Cunillé con su obra nos hace ver que hay una grieta que permite una subversión (a través de la ficción): lo que podría ser, aunque no sea. El Anciano consigue invertir la asimetría del poder al demostrar que el precio del Hombre «civilizado» es su propia ambición sin límites.

En efecto, después del diluvio hubo más diluvio. Y después, inevitablemente, quedaron los restos del naufragio de los que que, tarde o temprano, habrá que hacerse responsables. El “Otro” existe. Está ahí. Siempre lo ha estado. Aunque Occidente no haya querido verlo.

BIBLIOGRAFÍA

  • Althusser, L. (1970/1974). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Nueva Visión.

  • Butler, J. (1997/2001). Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción. Cátedra.

  • Carbonell i Camós, N. (2017). «Cultura y subjetividad». Universitat Oberta de Catalunya.

  • Cunillé, L. (2008). Après moi, le déluge. En Deu peces (pp. 449–507). Edicions 62.

  • Jameson, F. (2006). El posmodernismo y la sociedad de consumo. Kairós.

  • Said, E. (2003). Orientalismo. Debolsillo.

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